miércoles, 18 de julio de 2007

Poderes fácticos fuera del clóset

La Universidad de Guadalajara es un factor de poder político. Así ha sido desde su refundación en 1925. A partir de la década de los cincuenta este poder ha tenido un liderazgo dual: por un lado, para efectos legales y de forma, el que ostenta el Rector, y por otro, el líder político en turno, personaje que desde una sombra más o menos iluminada mueve, acomoda, premia y sanciona a los funcionarios de la Universidad, pero no únicamente: puede también influir en el gobierno, en los legisladores y en los partidos.
El poder del Rector nadie lo discute, está en la ley orgánica de la Universidad, es para fines académicos muy precisos, tiene el aval de los órganos de gobierno y en algunos casos, muy pocos, hasta el de la opinión pública. El poder que detenta el líder del que todos hablan - el mal encarnado para muchos, magnánimo hacedor de portentos, para otros- representa uno de los poderes fácticos de Jalisco; obtiene su influencia de su capacidad para manipular actores clave de la institución, lo que le otorga el privilegio de “palomear” puestos, otorgar “vistos buenos” y “sugerir” el mejor destino para los proyectos y el presupuesto.
Una de las claves para que los poderes fácticos mantengan el control reside en la discreción de sus acciones; claro, les conviene que se hable de ellos, pero desde el cotilleo político o en la escala de leyenda urbana, cuando así sucede no nada más se constata el nivel de su presencia, sino que ésta crece. De todo los culpamos, a los poderes fácticos, pero nada les podemos probar: unos nos frustramos, ellos solidifican su influencia.
Pues bien, hace unos días leímos una entrevista en la que el Rector General de la Universidad de Guadalajara, Carlos Briseño, le dio ciudadanía en los hechos comprobables al “líder político”, Raúl Padilla. La imagen otrora poderosísima del Rector de la Universidad bajó públicamente unos peldaños para mejor señalar y abarcar a esa otra imagen, omnisciente, inmensa si nos atenemos a lo dicho por el Rector, a la cual él le reconoce potestad sobre todo lo creado… en la Universidad, y sobre lo aún por crearse.
A pesar de que lo declarado por Briseño no es sino poner en papel periódico lo que era una certeza popular, el hecho de que la máxima autoridad universitaria saque del clóset su referente político y anuncie que él personalmente le asigna responsabilidad en las decisiones (además de que insinúa una deuda ontológica con Raúl Padilla), prefigura una crisis de representatividad: habrá que replantear el organigrama, sugiero hacerlo desde las siguientes preguntas: En una Universidad ¿para qué sirve un líder político? Si éste es tan importante ¿por qué no hacerlo partícipe de los grupos académicos? Que dialogue de manera habitual con la inteligencia que hay en la UdeG y así todos puedan aprovechar su liderazgo, no tiene caso que el Rector funja como intermediario, después de todo: el centro de una institución de educación superior son sus académicos y los alumnos, lo que me lleva a una última: ¿por qué no llevar al líder político a las aulas? Que contribuya con sus consejos a mejorar el estado físico de éstas (sería de sueño que además mejorara lo que en ellas sucede) y de paso anime a los universitarios con su sapientísima presencia.
Augusto Chacón

2 comentarios:

Manuel dijo...

El clero,los empresarios,las escuelas privadas como la UAG o la Panamericana,las radiodifusoras y Televisa canal 4 son también factores de poder político.¿Cuál es la diferencia con la UdeG entonces?

Augusto Chacón dijo...

Ninguna diferencia, Manuel. Cada uno de esos poderes fácticos busca influir en poderes públicos para su propia conveniencia: es decir, para beneficio de los miembros de cada uno de los grupos que citas. Pueden disfrazar sus intenciones de moralidad -la Iglesia- de educación -las universidades- de búsqueda del "bien común" -ciertas asociaciones de la iniciativa privada-, pero al final para lo único que han servido los poderes fácticos es para propiciar el benefecio de unos cuantos individuos.
Augusto